El Águila y el Cóndor-


El Águila y el Cóndor

Una Historia Verdadera de un Inesperado Viaje Místico
Un relato brillantemente entretejido de las aventuras místicas de una mujer Americana a través de Australia, los Himalayas y finalmente, los Andes. El mismo evoca antiguos mitos Incas, la civilización perdida de Lemuria y un amor fuera del tiempo, cuando ella descubre que un Chamán Peruano es la llama gemela de su alma. Una historia verdadera que los lleva a lo largo del despliegue de un viaje espiritual al que la mayoría no tendría el coraje de seguir.

© Copyright 2007 – Jonette Crowley

Todos los Derechos Reservados

Center for Creative Consciousness

www.theEagleandtheCondor.com

Ganadora del premio 2007 COVR Book Award

Finalista en el premio de Mejores Libros Nacionales 2007

Traducción: Anita Manasse – estrellam@sion.com

5 de abril, 2008



NOTA: Habiendo conseguido la autorización de la autora para traducir 6 capítulos del libro, comenzaré con la Introducción. Anita



INTRODUCCIÓN:

Si yo hubiera sabido que iba a tener que escribir un libro, había tomado algunas notas.

Así era el diálogo con mi voz interior que insistió en que tenía que escribir un libro acerca de mis aventuras espirituales en los Andes. Hace dos días que acababa de regresar de América del Sur, y el escribir un libro no se hallaba para nada dentro de mi lista de cosas a hacer. Lo que están leyendo es una demostración de que mi voz interna prevaleció.

Soy una mística accidental, una persona normal con una curiosidad extraordinaria. Soy una esposa, una hermana, una mujer de negocios que trastabillaba a lo largo del sendero del despertar espiritual, descubriendo verdades que están clamando para ser liberadas de las bóvedas mayormente inaccesibles del antiguo misticismo.

Mientras que esta es una historia muy personal, cada párrafo los incita a considerar, ¿cuál es su historia? Confíen en su verdad. Su historia, su destino se está desplegando en una forma sutil y de acuerdo a patrones de sincronicidad, de introspecciones descontadas y luego descartadas, de pequeños trozos de verdad que susurran justo debajo de la superficie de lo que piensan que es su vida ordinaria. No hay vida ordinaria. ¡Ustedes no son ordinarios! Ustedes pueden descubrir que hay un patrón y propósito más grande en su vida, si lo miran de cerca.

Cuando quería ceder frente a algún aspecto de esta historia por miedo de lo que otros pensarían acerca de mí, me acordaba de mi compromiso de ser un líder. Por cuanto yo puedo decir, no hay otra forma de guiar si no es por el ejemplo. Espero que esta historia los entretenga, los haga reír y llorar, los desafíe, y los despierte. Las meditaciones, ceremonias y las iniciaciones espirituales incluidas aquí los pueden ir llevando hacia las energías y la sabiduría de antiguos misterios. Son un regalo de luz para ustedes.

Jonette Crowley

Denver, Colorado



CAPITULO 1 – Una Profecía Inca

Una antigua profecía, compartida por gente indígena a través de las Américas, dice que cuando el Águila de Norte América y el Cóndor de Sud América se unan, el espíritu de la paz se despertará en la Tierra. Después de esperar durante milenios, mucha gente nativa cree que el tiempo es ahora.

Es la mañana del 21 de diciembre, 2004, y yo esté sentada en el coche delantero de un tren de turismo pasando a través del Valle Sagrado de Perú hacia Machu Picchu. El claxon del tren emite una advertencia a una docena de labriegos con sombreros duros para que quiten las grandes piedras caídas en las vías del mismo.

Hendiduras profundas a raíz de demasiada lluvia salpican las empinadas colinas de cactus, Santa Ritas (bougainvillea), y un lugar en donde alguien ha plantado calas. Desde la ventana, yo contemplo al Río Urubamba. El Sendero del Inca, por el cual había caminado solo hace cuatro meses atrás, corta los cerros que están comenzando a ponerse del color verde debido a las lluvias de la temporada. Terrazas de piedra construidas hace mucho tiempo atrás, que aún están siendo utilizadas por granjeros nativos, ascienden desde los restos de un puente Inca. A medida que nos acercamos a la jungla cerca de Machu Pichu, los bosques de eucalipto – las hojas de un verde apagado goteando – dan lugar a las ricas cascadas de vegetación nativa.

Acabo de dejar a Mallku y ahora viajo sola, una de los muchos turistas de un día que están en el tren a Aguas Calientes, la ciudad a los pies de Machu Picchu. ¿Solamente han pasado cuatro meses desde que estuve aquí? El tiempo es distinto. No estoy guiando un grupo, y el día de hoy es el solsticio de verano en el hemisferio sur – el segundo día más importante del calendario Inca.

¿Qué significa realmente la profecía del Águila y del Cóndor? ¿Es solamente un mito? Si el tiempo es ahora, ¿cómo lo vamos a saber? ¿Qué hay acerca de la leyenda del Disco Solar dorado de los Incas – vino originalmente del continente perdido de Lemuria? ¿Está oculto en alguna parte del Lago Titicaca en la parte Peruana, tal como algunos creen? ¿Qué significa todo esto para nosotros hoy en día? Más aún, ¿qué pueden posiblemente tener que ver estas antiguas leyendas conmigo?

Ahora sé que estamos profundamente entretejidos en los antiguos mitos – una parte intrínseca de profecías y su cumplimiento. Sin embargo nos lanzamos a través de la vida, inconscientes de la visión mayor que estamos creando, hasta que finalmente las piezas comienzan a calzar. El viaje que terminó en Machu Picchu me llevó más de veinte años de viajar a través de Australia, África, Nepal y finalmente América del Sur. En retrospectiva puedo ver las partes, como guijarros de vidrio pintando que forman un cuadro increíble, siendo la profecía del Águila y del Cóndor solo una parte de ello.



CAPÍTULO 2 – Una Vida Por Lo Demás Normal

Durante los primeros treinta años de mi vida, no hubo voces que se agolparon en mi cabeza y no tuve visiones fuera de lo usual. A los doce años de edad, mi sexto sentido consistía en vestirme como una gitana pretendiendo leer la suerte a los chicos vecinos, utilizando un mazo de naipes comunes.

Creciendo en los suburbios de Denver, la mayor de una gran familia Católica, atravesé todas las fases típicas de una muchacha decidiendo su destino. En segundo grado quise ser una monja; en el cuarto grado una misionera; al llegar al sexto una maestra. Sobresaliendo en la escuela y de naturaleza altruista, convine en ser pedíatra.

Por supuesto, no me dediqué a ninguna de estas misiones.

Durante los años en casa, fui a Misa cada domingo y a Confesión después de que Mamá nos recordó cuán malos éramos frente a nuestros hermanos. Como todos los buenos chicos Católicos, nosotros hacíamos competencias para ver quién podía recitar con mayor rapidez el Ave María. Luego en el octavo grado, dí una vuelta radical alejándome de las enseñanzas de la iglesia. Virginia Tighe, la madre de uno de los estudiantes de mi clase de la escuela secundaria, vino a nuestra escuela para contarnos acerca de su experiencia de vida pasada.

Varios años atrás, durante una hipnosis clínica, la Señora Tighe comenzó a hablar con un típico acento Irlandés, suministrando hechos verificables acerca de la vida que había vivido en Irlanda como una chica llamada Bridey Murphy. El libro, “La Búsqueda de Bridey Murphy”, que se escribió detallando su caso, se convirtió en uno de los primeros libros populares que suministraba evidencia de que hemos vivido otras vidas en el pasado.

Una vez que escuché esta historia fantástica, fue fácil convertirme en un creyente en vidas pasadas. Comencé a dudar mucho de lo que había aprendido en el Catequismo. Yo cuestionaba, “¿Por qué los Católicos no creen en las vidas pasadas?, ¿Por qué tiene que ser uno Católico para ir al cielo?” Mamá rezó por mí y me pidió que hablase con un cura acerca de mis muchas dudas. Lo hice, pero las respuestas no me convencían. Cuando fui a la universidad y estaba lejos de casa, dejé de ir a la iglesia. ¿Qué podría ser mejor? Yo estudié en la Universidad de Colorado en Boulder en los años 1970 – hippies, drogas, corriendo desnudos por el campo de la universidad, Meditación Trascendental. Sin embargo, como una flecha recta, tomé distancia de los primeros tres y no podía pagar el arancel para aprender la Meditación Trascendental. Siempre había cursos de filosofía, clases de religión comparada y libros que inducían al pensamiento para apagar mi creciente curiosidad acerca del mundo espiritual.

La mayor parte de mis días de la universidad los pasé en la biblioteca, organizando fiestas de la hermandad de mujeres y eventos del campo, o involucrándome en políticas nacionales. Cuando mi plan de convertirme en doctora fracasó debido a mi incapacidad de aprender los cálculos, elegí la Conservación del Medio Ambiente como asignatura principal. Esto me permitió asistir a todos los cursos de ciencias y economía que yo disfrutaba, mientras que aún seguía creyendo que podía salvar al mundo. Después de la graduación, mi sueño de hacer una diferencia comenzó con una mudanza a Washington, D.C., para trabajar como un interno en la Casa de Representantes de U.S.A.

Incluso en los setenta idealistas, un título de medio ambiente no era el boleto para la comida que había esperado que fuese. Así que después de mi verano de política, me alisté en la Universidad de Missouri para conseguir un MBA - Master de Administración Comercial. De ahí en adelante, todo progresó con bastante lógica en una vía rápida. Mi primer empleo fue en Andersen Consulting. Mi próximo empleo – tenía veinticinco años – fue como el Director Ejecutivo nacional de la hermandad de mujeres con la que me había comprometido en la universidad. Amé cada día de ello – el trabajo y las mujeres. Disfrutaba del desafío de dirigir una organización multi millonaria de dólares – o sea, hasta el día en el que la junta de directores me despidió. Mi juvenil idealismo, no habiendo sido templado aun por experiencia comercial y conocimiento organizativo hizo que empujase con demasiada rapidez hacia un cambio. “Jonette, eres mucho más adecuada para el mundo de los negocios, y no para una organización sin fines de lucro”, fue el resumen del presidente al despedirme.

Con el corazón quebrado por el primer fracaso en mi carrera, tramé una escapatoria. “Vayamos a hacer autostop alrededor de Nueva Zelanda y Australia”, sugerí excitada a Mary Fran, mi compañera de viajes desde la universidad. Saludando de despedida a los padres preocupados, nos calzamos nuestras mochilas atiborradas, y dentro de unos días estuvimos paradas al costado de la ruta al norte de Auckland, con nuestros pulgares extendidos para conseguir un aventón. Durante más de seis meses, hemos acampado, excursionado, dormido en las estaciones de trenes y albergues juveniles, y descubrimos la alegría de los jóvenes residentes temporales en tierras amistosas, de habla Inglesa.

Sydney, con su puerto que quita el aliento y sus canales navegables, la famosa Ópera y el tiempo chispeante, era una joya que guardamos para el fin del viaje. Parados en el sol veraniego en la plaza principal, mi corazón estaba rebosante con la belleza glamorosa de la ciudad. “¡Yo podría vivir aquí!”

“Ten cuidado con lo que pides”, dice el viejo adagio. ¿Cómo podía saber yo que el Universo había escuchado mi pedido improviso?

Después de buscar nuestra correspondencia en la oficina general de correos, encontramos una moderna cantina para una cerveza en una noche de viernes y para encontrarnos con un amigo de un amigo – un hombre de negocios. Esta era nuestra última noche en Australia así que Mary Fran y yo celebramos. David, el hombre de negocios, me preguntó, “¿Qué haces para ganarte la vida?”

Dado que el hacer dedo posiblemente no sería la respuesta adecuada, me inflé para responder, “Yo tengo un MBA y fui consultora de administración”.

“Hmm”, consideró él, “yo necesito a alguien que me ayude en el manejo de mis compañías”.

Otra cerveza, alguna discusión profunda – tan profundo como se puede llegar a estar en una cantina un viernes a la tardes después del trabajo, y me encontré con una entrevista de trabajo. El único problema era que la entrevista tendría que ser en los EE.UU. ya que estaba volando a casa el día siguiente. Tengo que haber causado una buena impresión porque estuve de regreso en Colorado solamente una semana cuando David llamó para arreglar una entrevista en Los Angeles. ¿Han notado alguna vez que cuando el Universo se toma en serio el otorgarles un deseo, no hay nada que puede detenerlo?

Dentro de un mes, con el contrato del empleo y la visa de trabajo en mano, regresé para vivir en Australia. Lentamente hice amigos en el mundo “Down Under” (Apodo dado a las regiones de Australia, Nueva Zelandia y sus alrededores) Trabajé para David durante un año, obtuve mi residencia permanente y luego cambié hacia el campo de consultoría de computación. Yo era soltera, una “yuppie” (uno de los apodos dados a los jóvenes de la ciudad “triunfadores” y ricos) en una de las ciudades más magníficas del mundo, compartiendo un departamento en el Puerto de Sydney. Parecía que había encontrado mi templete.



SU SENDERO SE HACE AL CAMINAR

Con la libertad del aire libre cantando en mi sangre, siempre que podía me alejaba con amigos para andar con mochilas y acampar en la tierra salvaje de New South Wales. Una vez tuvimos la suerte de localizar a un koala. Otra vez vimos una manada de caballos salvajes, “brumbies” como son llamados por los Australianos, pastando cerca de nuestra carpa. Nunca me podría haber imaginado que el final de mi vida por lo demás normal se iba a producir en uno de estos viajes de acampar. Algo tan extraño y fuera del mundo sucedió, que el significado solamente se aclaró veinte años más tarde cuando recorría a pie el Sendero Inca.

Nuestra expedición ese fin de semana de Pascua nos llevó hacia el Bosque de Eucalipto (Blue Gum Forest) en las montañas al oeste de Sydney. Aquí, amplios espacios de eucaliptos, o “gum Trees”, crecían tan derechos y altos que los primeros colonos cortaron a la mayoría para convertirlos en mástiles para veleros. Sin embargo, este bosque en particular estaba demasiado lejos tierra adentro para los constructores de barcos de hace doscientos años atrás, así que los árboles estaban de pie, elegantes y sagrados. Se los llama “blue gums” goma azul, porque su corteza delgada como papel es de un blanco tan brillante como para relucir de hecho, con un tinte azul.

El sol del mediodía pasa en forma moteada a través de las hojas danzantes y fragrantes, cayendo sobre el pasto largo en el suelo abierto del bosque. Yo estaba caminando frente al grupo de mis amigos en un estado de ensoñación. A medida que andaba pacíficamente por el sendero, otro mundo más etéreo apareció a mi lado, muy similar a una pantalla partida de televisión. Me encontré habitando simultáneamente mi realidad normal y un reino místico, no físico. Era como si hubiera dos yo’es – una Jonette física y una réplica etérica. En esa otra dimensión, la aparición de una hermosa mujer con largo pelo lacio, vestida de blanco, estaba sentada sobre una roca en un claro. Su cabello era blanco, pero su cara no era la de una mujer vieja. Todo en cuanto a ella era magníficamente luminoso. Telepáticamente, ella hizo señas a mi ser etérico para caminar hacia ella y bajar mi mochila para poder descansar. Su mirada angélica amorosamente me envolvió. Después de varios minutos de una conexión de alma a alma, la Mujer Espíritu indicó que era tiempo para que mi doble etéreo continúe. Yo comprendí que tenía que seguir caminando a través del bosque que parecía de otro mundo. Con sus pensamientos ella comunicó que mi ser no físico tenía que dejar la mochila – también etérica – con ella.

Mundo espiritual o no, yo estaba fastidiada por la idea de dejar mi mochila atrás. “Después de todo”, pensé, “ya estoy viajando ligero. Mi carpa, mi estufa, mis alimentos han sido reducidos a lo más básico”. Estaba claro que no podía ganar un argumento telepático con la Mujer Espíritu de blanco, así que renuentemente acordé en el mundo invisible de continuar caminando sin nada. Sin embargo, traté de negociar con ella, “Ya que no dejarás que lleve mi mochila, ¿por lo menos me podrías indicar hacia dónde me debería dirigir?” No pude ver senderos o indicadores en este bosque de otra dimensión.

En su forma gentil ella indicó, No hay trato. Ella no me diría en qué dirección tendría que ir; solamente que había llegado el momento para que yo partiera. Ella habló en mi mente, “Tu Sendero lo haces caminando”.

No estaba encantada con el hecho de que un ser espiritual me dijese que no podía llevar algo conmigo, y que no había alguien o algún sendero al que seguir. Sin embargo en esa otra dimensión simultánea, yo le hice caso el pedido de la Mujer Espíritu. Mi propio espíritu dejó mis posesiones etéricas con ella en este prado místico, largándome a la pradera sin un sendero, en la dirección por mi elegida. Incluso hoy en día, mi principal queja, como un explorador espiritual, es que la mayor parte de mi conocimiento proviene de mi orientación interior. Algunas veces sería más fácil seguir a un gurú o maestro; de tener alguien más que me diga lo que hacer. Quizás la mujer de blanco me estaba mostrando que cada uno de nosotros tiene que descubrir su propia forma y de caminar por nuestro sendero con confianza. Por el otro lado, quizás esto fue una prueba espiritual personal y de que mi acuerdo de continuar sin trabas y seguir ningún sendero conocido, hizo toda la diferencia en mi vida.

Después de unos minutos, la luminosa Mujer Espíritu y su mundo etéreo desaparecieron. Yo continué caminando en la realidad física normal, aún cargando con mi mochila física. Desde entonces, con frecuencia me he cuestionado, “¿Quién era ella?” Ciertamente era angélica, pero no era un ángel. La respuesta a mi pregunta persistente tendría que esperar hasta que llegase a los Andes, más de dos décadas más tarde. Esta fue la primera vez, pero no sería la última que en el Espíritu se introducía en mi vida normal por lo demás. Por lo pronto, mantuve el incidente para mi misma. Mis compañeros de caminata eran en su mayor parte asociados comerciales, que probablemente no iban a comprender que mientras caminaba al frente de ellos, estuve participando en una comunicación mística con una mujer invisible.